De eso se trata, de volvernos al Señor, de anhelar fervientemente sus moradas eternas; y de repetir, todo el tiempo, aun cuando estemos dormidos: Mi alma se consume de deseos por los atrios del Señor; mi corazón y mi carne claman ansiosos por el Dios viviente (Sal 83, 3).
Autor: Christian Viña

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