Entre los grandes doctores de la Iglesia, pocos hablaron de la Virgen María con tanta hondura espiritual y equilibrio teológico como San Bernardo de Claraval. El abad cisterciense, místico del siglo XII, fue un enamorado de la Madre de Dios, pero nunca cayó en exageraciones ni sentimentalismos. Su devoción mariana brotaba de la Palabra de Dios y se alimentaba del silencio contemplativo de los monasterios.
Para Bernardo, María no era una figura distante ni una idea poética: era la mujer del Evangelio, aquella en la que Dios se hizo pequeño para acercarse al hombre.
Una fe nacida de la Escritura
San Bernardo no se deja arrastrar por mitos o leyendas. Su mirada está fijada en el Evangelio, especialmente en el relato de la Anunciación. Allí, cada palabra —el nombre del ángel, la ciudad de Nazaret, la virginidad de María, la descendencia de David— le revela algo del…
Autor: INFOVATICANA
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