Hasta noviembre de 1887, Santa Teresita de Lisieux acostumbraba a «rezar por los pecadores», pero no tanto por los sacerdotes, a los que contemplaba como almas «más puras que el cristal«. Elevar sus oraciones por ellos le resultaba «extraño».
Sin embargo, aquel año viajó a una peregrinación a Roma con cerca de 200 peregrinos, casi un tercio de ellos eclesiásticos. Aquel evento cambió por completo su visión, que plasmó por primera vez en una de sus cartas a su hermana Celina: «He entendido que, si bien su sublime dignidad los alza por encima de los ángeles, ello no quita que sean hombres débiles y frágiles… Si sacerdotes santos muestran con su comportamiento una necesidad extrema de oraciones, ¿qué debemos decir de los que son templados?».
Desde entonces, la santa se convirtió en uno de los grandes recordatorios sobre la importancia de rezar por los sacerdotes, lo…
Autor: Cari Filii
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