Toda revolución abre una herida en el orden natural de las cosas. Se presenta como una liberación, pero en realidad introduce una inversión del principio: donde antes reinaba la verdad, se instala la voluntad; donde había jerarquía, surge la horizontalidad; donde existía obediencia, se exalta la autonomía.
Y, tras ese terremoto, la historia ofrece solo dos salidas: la contrarrevolución que restaura el orden o la cristalización de la revolución, que se convierte en nuevo dogma y endurece su dominio bajo apariencia de normalidad.
La lógica irreversible de las revoluciones
La revolución no dura: se consolida. Su fuerza no está en el grito inicial, sino en la costumbre que deja. Lo verdaderamente peligroso no es el caos del primer momento, sino la institucionalización del desorden, cuando los herederos de la ruptura aprenden a vivir de ella.
Cuanto más tiempo pasa sin reacción,…
Autor: Carlos Balén
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