La experiencia de culpa la tenemos todos. Somos personas, pero no autosuficientes, por lo que debemos responder de nuestra existencia, y además no siempre nuestro comportamiento es bueno ni responsable.
La falta, percibida por el no creyente como culpa ante su conciencia, adquiere para el creyente la calificación de pecado. La razón es la relación del creyente con Dios. No existe pecado, en el pleno sentido de la palabra, más que en referencia a Dios y a la vida a la que Él nos llama. Pero de una manera u otra, todos somos llamados por Él y por ello hemos de responder de nuestras malas acciones.
El sentimiento de culpabilidad puede ser muy valioso, porque con sus premoniciones impide el mal obrar y con el malestar consiguiente me apremia a desaprobar lo injusto y evitarlo en lo sucesivo. Todo ser humano lleva en sí abundante material para unos sentimientos de culpabilidad…
Autor: Pedro Trevijano

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