Que la reforma litúrgica no constituye una ruptura, sino una constante en la historia de la Iglesia, es una afirmación verdadera. La Iglesia no es un cuerpo inmóvil, ni la liturgia una realidad petrificada. Desde los primeros siglos, la oración católica y la renovación sacramental del Sacrificio del Calvario han conocido desarrollos, enriquecimientos y adaptaciones legítimas. El problema surge cuando esta verdad general se convierte en un principio indeterminado, capaz de justificar cualquier configuración concreta del rito, incluso aquellas que introducen una relación problemática con la tradición inmediatamente precedente. Porque entonces la reforma deja de ser un criterio teológico para convertirse en una coartada hermenéutica. Y la reforma como categoría teológica exige límites.
La Iglesia siempre ha reformado, sí, pero no de cualquier modo ni en cualquier…
Autor: INFOVATICANA
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