A partir de los años 50, la novedosa tendencia artística del brutalismo impulsada por Le Corbusier aterrizó en España entre la acogida y el asombro. No tardó en penetrar en la arquitectura religiosa, que pasó a normalizar en las nuevas iglesias el minimalismo, el hormigón y un geometrismo en ocasiones radical. Años después, concluido el impacto de la novedad, no es raro escuchar una pregunta entre fieles y curiosos: ¿Por qué tantas iglesias modernas son tan feas? La Iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Filipinas, en Madrid, o la Parroquia del Mar, en Alicante, son algunos ejemplos que podrían ilustrar o motivar dicha pregunta. Para David Clayton, especialista y exponente del resurgir de los cánones clásicos de belleza en Estados Unidos, la respuesta no admite simplificaciones, según aseguró recientemente en el Catholic Herald.
Autor: José María Carrera Hurtado
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