El otro día, el simpático rabino de la sinagoga de Madrid me aseguró que todas las oraciones, para llegar a Dios, debían pasar por Tierra Santa, porque, según explicó, Dios tenía siempre la mirada puesta en la tierra de Israel y, dentro de Israel, en Jerusalén y, dentro de Jerusalén, en el lugar del antiguo templo y especialmente la roca que había bajo él, en la que Abraham se dispuso a ofrecer a su hijo en sacrificio.
Me gustó escucharlo, porque puso ante mis ojos de forma práctica y concreta la maravilla del plan de Dios, que durante siglos fue preparando en la historia del pueblo de Israel lo que sería la salvación en Cristo y en la Iglesia. No podía estar más claro que esas creencias hebreas sobre la tierra de Israel prefiguraban tres cosas: a la Iglesia, a la santísima Virgen y al propio Cristo.
Autor: Bruno Moreno
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