Hay una experiencia espiritual de la que casi nunca hablamos con suficiente honestidad: lo difícil que nos resulta dejarnos perdonar. Pedir perdón ya es un acto valiente. Perdonar al otro puede costar lágrimas. Pero sabernos perdonados por Dios… eso, para muchos, es casi imposible. Nos hemos convertido en especialistas en revisarnos con lupa, en erigir tribunales interiores que no descansan, en dictar sentencias severas contra nosotros mismos incluso cuando Dios —el único que puede juzgar con plena justicia y plena misericordia— ya ha pronunciado su veredicto definitivo: inocente, liberado, amado.
Autor: Matilde Latorre de Silva
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