Dice un dicho popular que “errar es humano y perdonar es divino”. Erramos porque somos humanos y porque, como humanos, nuestra naturaleza está herida por el pecado original.
La buena noticia es que, como dice San Pablo, “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rom 15, 20-21). Y aunque por naturaleza seamos débiles, limitados y pecadores, cada vez que acudimos arrepentidos a la confesión, el Señor derrama su gracia sobre nosotros. Nos perdona y nos da la fuerza necesaria para ir superando nuestras miserias.
Si Dios omnipotente nos perdona a nosotros -que, al lado suyo, somos poco menos que una bacteria al lado nuestro-, ¿cómo podemos nosotros, no perdonar a nuestros hermanos por las ofensas recibidas? No siempre es fácil, pero es un mandato imperativo de Nuestro Señor Jesucristo hacerlo. Sin embargo, a mi me parece que hoy, lo que más cuesta no es…
Autor: Álvaro Fernández Texeira Nunes

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