Parroquia cualquiera. Pepita, religiosa de edad más que cierta, pizpireta donde las haya, poquita cosa en lo físico y un corazón generoso hasta lo inimaginable. Misa de la tarde de un día cualquiera de diario. Presidida, vamos a decir, por don Severiano, que, como dirían en mi pueblo, era largo de pastorela, vamos, de enrollarse con facilidad. Pasaban los minutos y ni aportaba nada ni veía cómo acabar la homilía. Hasta que Pepita, con un suspiro que le salió de las entrañas, exclamö:
– ¡Ay que pesao!
Me acuerdo con frecuencia de Pepita, fallecida hace muchos años cuando leo y escucho las mismas cosas de siempre, pero sin concretar nada de nada, ni por qué, ni para qué ni el cómo.
– Diálogo, sinodalidad, escucha, participación, que todos intervengan.
– ¡Ay qué pesaos!
Autor: Jorge González Guadalix
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