Hay una verdad que el hombre moderno, erigido en su propio altar, no puede tolerar: la evidencia biológica, cotidiana, de su caída. Encaramado en tronos de cartón piedra, en despachos de acero y cristal ahumado, y en púlpitos de suficiencia, el ser humano olvida a cada minuto la humillación diaria que lo define. Varios momentos al día, la criatura debe retirarse a la soledad de su celda fisiológica, sentarse en abyecta vulnerabilidad y producir la única obra incontestablemente suya. «Ecce homo» verdadero, sin duda: nadie más aparentemente parecido al Cristo torturado que el hombre postrado en su inmundicia. La indignidad humana y la indignidad de la tortura de Dios. El silencio divino y el cuesco del hombre. He dicho «hombre moderno» puesto que todos sabemos que los imperiales reyes católicos recibían en el trono, hoy reducido a la categoría de inodoro, como el hombre fue…
Autor: Francisco Segarra
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