De entre los dones de Dios, pocos hay que puedan compararse al don de alabanza, que nos da a gustar lo que será el cielo. Nuestros labios van acostumbrándose así a lo que, si Dios quiere, será nuestra tarea para toda la eternidad. Como decía San Juan Crisóstomo, el que alaba al Señor cada día, lo alabará en el Día eterno.
A pesar de nuestra debilidad, el espíritu de alabanza nos eleva sobre alas de águila por encima de todas las preocupaciones y los temores terrenales y nos lleva a poner los ojos en Dios, de modo que el corazón se deshaga en bendiciones y acciones de gracias por su inmensa gloria: me brota del corazón un poema bello, recito mis versos a un rey.
Autor: Bruno Moreno
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