En un tiempo que valora la seguridad, la precisión y las explicaciones para todo, muchos creyentes sienten cierta inquietud: ¿es malo no tener siempre respuestas claras? ¿Es señal de poca fe dudar, hacerse preguntas o reconocer que hay aspectos de la vida cristiana que no terminamos de entender? La presión por “tenerlo todo claro” puede convertirse en una forma sutil de perfeccionismo espiritual o doctrinal que agobia, culpabiliza y, paradójicamente, asfixia la fe que pretende proteger.
Autor: Luis Javier Moxó Soto
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