Hace unos días me llegó un regalo inesperado. De esos que no avisan, que no hacen ruido, pero que se quedan. Era una vela de DECRUX. Y pensé —como pienso siempre que enciendo una— que para un católico una vela nunca es solo una vela. Es una confesión silenciosa. Un acto de fe mínimo y, a la vez, radical. Un “aquí estoy” dicho sin palabras.
Autor: Matilde Latorre de Silva
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