El nombramiento de Sarah Mullally como futura arzobispo de Canterbury —que deberá formalizarse a finales de enero— se hunde antes incluso de llegar a puerto. Y no por un simple error de comunicación ni por una polémica menor, sino porque vuelve a quedar al descubierto la profunda descomposición moral e institucional de la iglesia anglicana de Inglaterra.
Conviene recordar el contexto: Mullally fue presentada como la gran respuesta “renovadora” a los escándalos sexuales que sacudieron al anglicanismo británico, muchos de ellos protagonizados o tolerados por clérigos varones. Su elección como primera mujer en ocupar la sede de Canterbury fue vendida como símbolo de ruptura con el pasado y como garantía de una nueva cultura de transparencia. Hoy, ese relato se desmorona.
De solución simbólica a nuevo problema
La futura primada de la Iglesia de Inglaterra debe dar…
Autor: INFOVATICANA
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