El 30 de agosto, XXII domingo del Tiempo Ordinario, el Evangelio de Mateo 16, 21-27 nos coloca en un punto decisivo: Jesús, después de ser reconocido como el Mesías, empieza a hablar con claridad del camino que le espera, de la cruz que no es un accidente sino consecuencia de vivir entregado al Reino. No oculta la dureza del itinerario, pero lo enmarca en la lógica de la vida verdadera: perder la vida por Él es encontrarla; ganar el mundo entero y perder el alma es el peor negocio. Este domingo, situado al final de un verano, se convierte en una oportunidad para releer lo vivido no sólo como descanso, sino como parte de ese seguimiento que pasa por la cruz y la resurrección.
Autor: Luis Javier Moxó Soto
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