Por Michael Pakaluk
Es por una especie de compulsión que esta semana escribo sobre Charlie Kirk. No dejo de ver en mi mente, una y otra vez, las imágenes. Es un día radiante, de esos días de verano por los que vivimos. Es glorioso estar vivo. Él está sonriente y relajado, con una camiseta blanca holgada en la que se lee una sola palabra: “Freedom”. Sentado en un taburete bajo una carpa, responde de buen humor las preguntas de estudiantes reunidos en el césped del campus. Acaba de contestar una pregunta con otra, baja el micrófono a su regazo, sonríe, espera la respuesta. Tan relajado. Tan amable. Y de pronto es derribado de su taburete por una herida evidentemente mortal en el cuello, provocada por un rifle de alto poder.
¿Por qué he estado obsesionado con estas imágenes? Creo que porque, salvando las diferencias, Charlie estaba haciendo lo que los buenos profesores…
Autor: The Catholic Thing
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