Era Mairena -no obstante su apariencia seráfica- hombre, en el fondo, de malísimas pulgas. A veces recibió la visita airada de algún padre de familia que se quejaba, no del suspenso adjudicado a su hijo, sino de la poca seriedad del examen. La escena violenta, aunque también rápida, era inevitable.
– ¿Le basta a usted ver a un niño para suspenderlo? -decía el visitante, abriendo los brazos con ademán irónico de asombro admirativo.
Mairena contestaba, rojo de cólera y golpeando el suelo con el bastón:
-¡Me basta ver a su padre!.
Con genial y concisa maestría, no exenta de ironía, retrata Machado, a través de su imaginario maestro, la influencia de los padres en la educación.
Si uno escucha sólo los medios de comunicación, parece que todos los males educativos, y sus remedios, tienen su centro en la escuela. Aunque el malestar educativo y su versión escolar…
Autor: Por mí, que no quede
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