Hay algo profundamente extraño en los cumpleaños infantiles. Se presentan como fiestas de inocencia, como rituales de alegría cuidadosamente coreografiados, con globos que flotan con la dignidad arrogante de pequeños aristócratas ignorando la gravedad y canciones que repiten consignas de felicidad con la solemnidad de un mantra tibetano mal traducido, y una, observando desde la periferia —con un café perpetuamente frío, porque las madres no bebemos café caliente, eso es axioma universal— comprende que está asistiendo, sin saberlo del todo, a un experimento filosófico disfrazado de celebración doméstica. Todo gira en torno al niño, como debe ser, y sin embargo ocurre algo más sutil, invisible y profundamente transformador: las madres también celebramos, aunque de un modo que nadie reconoce.
Autor: Matilde Latorre de Silva
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