Si en 2015 se dijese que la pornografía podía ser considerada una pandemia global, que habría colectivos y lobbies con miles de padres presionando para suprimir las pantallas en los colegios o que un gobierno socialista pondría ciertas medidas contra su difusión, probablemente no se habría tomado en serio. Aquel año, los obispos de Estados Unidos publicaban la declaración Crea en mí un corazón puro, cuando aún era anecdótico o residual alertar de que el consumo de pornografía generaba una adicción comparable a la cocaína. Diez años después, son ministros socialistas los que advierten en ella riesgos “especialmente peligrosos” e incluso redactan leyes que obligan a los fabricantes de dispositivos a incluir sistemas de control parental.
Autor: José María Carrera
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