Hay algo casi litúrgico —y no precisamente en el buen sentido— en las galas de los Premios Goya: una ceremonia perfectamente coreografiada y aburrida, donde no se premia solo el cine, sino la adhesión. No a la verdad, ni siquiera a la complejidad, sino a un relato previamente consensuado que permite a todos sentirse, durante unas horas, en el lado luminoso de la historia.
Autor: Matilde Latorre de Silva
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