Cada mañana huyo del tumulto de los hombres prácticos y de la cháchara inútil de los vivos para refugiarme en un asilo de espectros sagrados. Voy a Misa a una residencia de sacerdotes ancianos, un lugar suspendido en el umbral del otro mundo, donde el aire ya no huele a este siglo, sino al incienso rancio del sacristán y al aceite de la extremaunción. Esos hombres que habitan las habitaciones medicalizadas ya no pertenecen a la tierra; viven más allá que aquí, flotando en esa penumbra donde los recuerdos humanos se disuelven para dejar paso a la cercanía terrible del Juicio.
Autor: Francisco Segarra
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