Hay un sentimiento y una forma de proceder tan inmanente que favorece y facilita el pensar como si Dios no existiera. Y se afirma con tanta vanidad y orgullo, que aparece como si fuera el evento cultural de nuestra época. Y para sustituir a Dios se inventa un “dios” a la medida de los gustos ideológicos que predominan.
Nada hay más nocivo que convertir al ser humano en “dueño de sí mismo y de los demás”. La Sagrada Escritura corrige este modo de proceder y afirma: “No os engañéis: de Dios nadie se burla. Porque lo que uno siembre, eso recogerá: el que siembra en su carne, de la carne cosechará corrupción; y el que siembre en el Espíritu, del Espíritu cosechará la vida eterna” (Gál 6, 7-8). Las burlas son siempre signo de debilidad y de prepotencia sin consistencia en sí mismas. Siempre sale mal y al final se pierde la credibilidad para sí y para los demás.
Es curioso constatar que,…
Autor: Monseñor Francisco Pérez González

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