A simple vista, podría parecer que la teología climática es una mera vuelta al paganismo panteísta. La naturaleza deja de ser objeto de asombro y maravilla; deja de ser esa Creación ‘buena’ que Dios nos ha encomendado para ejercer sobre ella un dominio justo, poniéndola a nuestro servicio pero a la vez encargándonos su cuidado amoroso. Destruidas las nociones de un Dios creador y de su encomienda, el hombre convierte el planeta, con todas las criaturas y portentos que alberga, en su nuevo dios, porque la adoración es su vocación irreprimible; y si esa adoración no se dirige a Dios, necesita buscarse un sucedáneo, llámese Madre Tierra o el coño de la Bernarda. Aunque, a la postre, todas las adoraciones sucedáneas encubren el culto al Dinero; también la religión climática, por supuesto.
Autor: Juan Manuel de Prada
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