Ser padre católico en el mundo actual es caminar por un desierto. Un desierto plagado de trampas, donde las instituciones que deberían sostener y guiar a las familias parecen haberse rendido al espíritu de los tiempos. Y en esa soledad, los padres católicos se enfrentan a una doble batalla: resistir la marea cultural y, a la vez, soportar la indiferencia —cuando no la complicidad— de muchos pastores de la Iglesia.
Primero están los colegios religiosos. Esos mismos que los padres escogen con la esperanza de que allí sus hijos crezcan en la fe, solo para descubrir que los principios cristianos han sido sustituidos por los mandamientos de la Agenda 2030. En lugar de enseñar el Evangelio, se dedica más tiempo a concienciar sobre temas de moda que contradicen frontalmente la fe que intentamos transmitir en casa. La educación en valores eternos cede ante eslóganes…
Autor: Jaime Gurpegui
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