El capítulo se abre en un clima donde la II República, recién estrenada, se declaraba laica, moderna y portadora de un nuevo horizonte político. Sin embargo, apenas habían pasado unas semanas cuando afloró un viejo demonio: el anticlericalismo violento. El 10 de mayo, un simple bulo —el supuesto asesinato de un taxista por católicos— bastó para que las turbas incendiaran edificios religiosos, bibliotecas centenarias y conventos enteros, entre ellos el de los jesuitas, perdiéndose tesoros del Siglo de Oro y obras de Zurbarán o Van Dyck.
La imagen de un país que pretendía ser “nuevo” se vio empañada por fotografías de agitadores posando con cuerpos momificados extraídos de criptas. Más de cien edificios religiosos ardieron en pocas horas. Y el Gobierno, lejos de sofocar la violencia, se limitó a contemplarla: Azaña sentenció que ningún templo valía la vida…
Autor: INFOVATICANA
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