Por Robert Royal
¿Existe alguna persona sensata en la Tierra que ame las bombas nucleares? ¿Tal cual? Si la hay, nunca la conocí. Y ciertamente nunca escuché un buen argumento a favor de ellas en sí mismas. Ronald Reagan, ese expresidente estadounidense al que muchos europeos de mi época veían como un “vaquero belicista”, odiaba las armas nucleares y negoció seriamente con los soviéticos para contener su proliferación.
Sus planes de Star Wars eran marcadamente defensivos, no ofensivos, aunque el mero concepto de defensa antimisiles inspiró no solo ese apelativo sarcástico, sino también temor y repudio entre los jugadores profesionales de la carrera nuclear. Las armas nucleares son potencialmente apocalípticas. Ojalá pudiéramos prohibirlas.
Pero no podemos permitirnos hacerlo. Cuando Winston Churchill se enteró de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, comentó…
Autor: The Catholic Thing
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