Al llegar a aquel lugar que nadie había querido, María y José no se miraron con con tristeza, sino con una sonrisa. Lo tomaron como se reciben las cosas que no se entienden, pero se aceptan porque vienen de lo Alto. La cueva era pobre, pero no hostil; estaba vacía, sí, pero precisamente por eso se ofrecía como espacio disponible, como seno abierto para lo que ya estaba muy cerca.
José la recorrió con su mirada callada, varonil, cuidadosa, sin pensar en sí mismo, sino en Ella, en el cansancio que había acumulado el camino, y en la noche fría que se avecinaba, y en el Niño que iba a nacer sin más resguardo que aquel abrigo improvisado. Y en su corazón, fiel y discreto, ya no brotó el deseo de haber podido ofrecer más o encontrado algo mejor: sabía que aquello era, exactamente, lo que Dios les había concedido.
María no midió el lugar; lo acogió. Sus pasos, al…
Autor: INFOVATICANA
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