Por Stephen P. White
“Ángel de Dios, mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. Guárdame mientras descanso, no me dejes solo, pues soy tu hijo.” Amén.
No sé cuántas veces en mi vida he rezado estas palabras. Sin duda, muchos miles. Fue una de las primeras oraciones que aprendí, parte de la rutina nocturna de mi infancia, y yo mismo la he enseñado a mis hijos al rezar las oraciones antes de dormir. No es solo una oración para ir a la cama, por supuesto, y conviene repetirla con frecuencia a cualquier hora del día o de la noche. Si hiciera falta algún estímulo adicional, la piadosa recitación de esta venerable oración conlleva indulgencia parcial.
La oración en sí es sorprendentemente antigua, originándose al menos en los siglos XI o XII. La veneración a los ángeles, desde luego, es mucho más antigua, como muestra incluso una lectura…
Autor: The Catholic Thing
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