En la primera parte de este artículo se proponía una lectura más honda de la incapacidad contemporánea para quedarse en silencio: no como simple dispersión ni como fragilidad psicológica, sino como una resistencia a la gracia y a una presencia que no depende del esfuerzo, del dominio ni de la explicación. Frente a esa huida, el templo aparecía como el lugar donde el silencio deja de ser vacío y se revela como presencia, donde permanecer ya no es una prueba sino una posibilidad. Desde ese umbral, cabe ahora detenerse en lo que sucede cuando alguien, sin buscarlo ni comprenderlo del todo, se queda.
Autor: Antonio Torres
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