Hay un versículo del Evangelio que siempre me ha parecido desarmante por su sobriedad y, a la vez, inagotable en profundidad. No describe un milagro espectacular, no recoge un discurso, no narra un prodigio visible. Dice simplemente: «María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (San Lucas 2,19–20). Y en esa frase mínima —casi escondida— está contenida, para mí, la clave más bella y contundente de la humanidad de Cristo y de la maternidad de María.
Autor: Matilde Latorre de Silva
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