Hay un deporte contemporáneo que se ha puesto extraordinariamente de moda: la cacería contra el hombre. No el hombre violento —que existe, y contra el cual la ley debe actuar con firmeza—, sino el hombre a secas, el que respira, trabaja, ama, educa, comete errores, intenta acertar y, para colmo, es culpable por defecto. En nombre del progreso, algunas corrientes políticas han convertido el varón medio en un sospechoso permanente, y la sociedad, siempre dispuesta a la consigna fácil, aplaude encantada. Y con perdón de las socialistas y podemitas, no hablamos aquí de justicia, sino de ideología de baja calidad envuelta en papel brillante.
Autor: Matilde Latorre de Silva
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