Entre toallas, guías de viaje y novelas, la maleta deja sitio para un libro que no es uno más: la Biblia. Llevarla en verano no es gesto simbólico, sino decisión concreta de dejar que el Evangelio venga con nosotros allí donde descansamos. Bastan pequeños hábitos sencillos para que la Palabra deje de quedarse en la estantería y empiece a acompañar paseos, silencios y noches de verano.
Autor: Luis Javier Moxó Soto
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