Sin duda, el rasgo distintivo (incluso la esencia, si se quiere) de la modernidad es la negación, o al menos el abandono, de la metafísica. Dios deja de existir; o bien, aunque exista, deja de interesar al hombre moderno, que se basta y se sobra para salvarse, que se declara plenamente autónomo respecto a cualquier tradición o autoridad que no proceda de su juicio subjetivo, que por supuesto es infalible. Y se considera infalible porque cree en lo que Donoso Cortés llamaba irónicamente la ‘inmaculada concepción del hombre’, una suerte de euforia antropológica nacida del olvido del dogma del pecado original que se halla al fondo de todas las ingenierías sociales de la modernidad, tanto en su fase de vigorosa petulancia como en esta etapa terminal y putrescente.
Autor: Juan Manuel de Prada
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