En verano, las casas se llenan: familiares que vienen unos días, amigos que pasan de camino, vecinos que se detienen un poco más. Frente a la tentación de vivir las vacaciones en clave de refugio privado —“por fin, sólo nosotros”— la hospitalidad cristiana propone otra lógica: abrir casa, mesa y corazón. No para impresionar, sino para que quienes llegan encuentren un hogar, una escucha y una mesa que recuerdan, humildemente, lo que celebramos en cada Eucaristía: un Dios que hace sitio, que reparte pan, que se deja compartir.
Autor: Luis Javier Moxó Soto
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