Imagina que te levantas un lunes cualquiera, con el café aún humeante y la ciudad despertando ruidosa a tu alrededor. Muchos dirían “gracias a Dios” por otro día, por la rutina que empieza, por la respiración que sigue. Pero ¿y si dijéramos gracias, Jesús? No como una frase automática, sino como un gesto de presencia, de encuentro, de reconocimiento de quien se hizo cercano, humano y cercano a nuestra vida.
Autor: Matilde Latorre de Silva
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