Uno de los grandes autoengaños del debate sobre el aborto consiste en creer que la batalla se gana con una declaración solemne o una ley fulminante, como si la realidad social se doblegara por decreto. Es una ilusión reconfortante, pero falsa. Y, lo que es peor, profundamente estéril.
La experiencia internacional es clara y poco sentimental: no existe un solo caso en el mundo en el que una sociedad ampliamente abortista haya pasado, de un día para otro, a una legislación de máximos con resultados estables y eficaces. Ni en Europa, ni en América. En ningún sitio. Todas las victorias reales han seguido un camino largo, incómodo y poco heroico: primero, un cambio gradual en las conciencias; después, avances legales parciales; y solo al final —si es que llega— una protección amplia y duradera de la vida.
Polonia, Hungría, Estados Unidos. Contextos distintos, mismo…
Autor: Carlos Balén
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