El fracaso duele. No hay forma digna de disfrazarlo. No encaja en conversaciones bonitas, no se sube a Instagram, no tiene banda sonora inspiradora mientras sucede. Es tosco, silencioso, humillante a veces. Te deja fuera de lugar, desorientado, con la sensación concreta de que ya no sabes quién eres cuando todo lo que sostenía tu vida se desmorona. Y, por si fuera poco, no hay explicaciones satisfactorias, solo un vacío incómodo que se instala sin pedir permiso.
Autor: Matilde Latorre de Silva
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