A la Iglesia, cuerpo místico, le duele en especial una llaga infringida como en su cuerpo humano (cf. 1Co 12,12). Por haber sido una herida ignorada o deliberadamente oculta nos parece ahora “nueva” y, por ello, es aún más sangrante. Estamos ante el pecado más vil y en el terreno más exclusivo de la “vida en el Espíritu”, allí donde pensamos que la santidad de un hijo de Dios está a salvo.
Autor: Pere Montagut Piquet
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