Por Andrew Shivone
Recientemente asistí a un partido de béisbol profesional en Texas. El juego se llevó a cabo en un estadio completamente nuevo, de varios miles de millones de dólares, que posee todas las comodidades imaginables. Se jugaba bajo techo, a unos agradables 21 grados, y los refrigerios podían pedirse desde una aplicación gratuita y llegar en menos de cinco minutos.
Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue lo difícil que resultaba ver el partido. Salvo cuando la pelota estaba en juego, las pantallas gigantes y los altavoces estaban constantemente “entreteniendo” al público o vendiendo algún producto.
No hubo —y lo digo literalmente— ni un solo momento de silencio en toda la velada. El drama pausado del béisbol, que sólo puede disfrutarse con atención, fue ahogado por un tsunami de ruido.
Es curioso que toda esta actividad, supuestamente…
Autor: The Catholic Thing
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