Albert Camus vivió una infancia tan pobre en Argelia que no tenía dinero ni para llevar zapatos. Su madre, viuda y analfabeta, se ganaba la vida limpiando casas. Camus fue, no obstante, muy feliz con su familia. Escribió: “Junto a ellos, lo que sentí no fue la pobreza, ni la indigencia, ni la humillación…; ante mi madre siento que pertenezco a un noble linaje: el que no envidia nada”. Uno lee esa frase y siente –qué trallazo de emoción– su profunda verdad. El resto de mi artículo consistirá en racionalizar por qué es tan verdad, así que quizá no le haga falta a usted seguir leyendo, sobre todo si ya pertenece a tan noble linaje.
En la envidiable falta de envidia, hay una nobleza que se impone por sí misma. Lo atestiguan los expertos. Dante dice, chulito, que es el pecado de todos que él menos tenía. Rémi Brague considera que el Decálogo es “un código de…
Autor: Enrique García-Máiquez

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