Timothy Radcliffe nos explica que hay que enseñar la fe con compasión. O, dicho de otro modo: no enseñarla, pero hacerlo con mucho sentimiento. El cardenal dominico nos invita a habitar un “espacio” etéreo, vaporoso, indefinido, situado entre el yunque y el martillo, entre el dogma y la vida, entre el Arca de la Alianza y una tumba vacía, entre el cielo y la tierra, entre la pregunta y la pregunta… pero curiosamente nunca entre la verdad y el error, porque eso ya sería demasiado concreto.
La enseñanza —nos dicen— no consiste en dar respuestas, sino en abrazar preguntas. Mejor aún: en hacer nuestras las preguntas de los demás, rezarlas, masticarlas y sentarnos a la mesa con quienes no creen nada, compartiendo pan, dudas y, si se tercia, una buena perplejidad existencial. Enseñar ya no es afirmar, sino acompañar; no es transmitir el credo, sino experimentar la…
Autor: Redacción
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