Desde que han consumado su segundo chiringuito -cismático, por supuesto-, los lefebrianos han caído en un silencio sepulcral: el que señorea sobre los cementerios, o el que acompaña a los muertos, dentro o fuera de su tumba.
Ni una sola palabra, después de su campaña de propaganda contra la Iglesia Católica antes del evento: que se desgañitaron; y de sus foticos de pompa y reverencia tras su desnortado espectáculo: por infiel. Por cismático. Por anticatólico. Por destructor.
Nada. Han enmudecido. ¡Ojalá sea por ese punto de vergúenza que acompaña las fechorías de las personas normales! Ojalá.
O quizá -Dios no lo quiera-, por la satisfacción del «deber cumplido». Injustamente cumplido, claro. Quién sabe… Quizá ni ellos mismos lo sepan. Pero que se han quedado más callados que un muerto parece evidente.
En el otro extremo del arco, la Iglesia Católica…
Autor: José Luis Aberasturi
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