Mimar en las manos una copa de cerveza, embriagarse de su aroma y paladear en la boca su sabor y textura son pequeños placeres que doblan su intensidad si la bebida lleva el apellido «trapense«. A las cualidades organolépticas se suma el potencial evocador de la tradición. Es como beber siglos de historia, y de historia de la Iglesia además, mientras se dibuja en nuestra imaginación una vida monástica (idealizada tal vez, pero ¿por qué no idealizarla?) de monjes orondos y felices haciendo un descanso en la bodega entre el ora y el labora.
Autor: C.L. / ReL
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