Junio siempre llega con algo difícil de explicar. Tal vez sea la luz más larga de las tardes, el comienzo del verano o esa nostalgia suave que aparece cuando el año empieza a acelerarse demasiado. Pero para mí, desde hace tiempo, junio tiene sobre todo un nombre: el Sagrado Corazón de Jesús. Y cuanto más pasan los años, más entiendo que esta devoción no habla simplemente de religión, sino de algo mucho más profundo y más humano: de la necesidad inmensa que tenemos de sentirnos sostenidos cuando por dentro todo parece tambalearse.
Autor: Matilde Latorre de Silva
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