La Cristiada no fue una revuelta más ni un episodio marginal de la historia mexicana: fue una contrarrevolución, la respuesta de un pueblo al que el Estado quiso arrebatarle no sólo la fe, sino la dignidad. Como recuerda Olivera Ravasi en su libro «La Contrarrevolución Cristera», cuando los poderes públicos negaron el derecho y la fuerza moral, el creyente sólo encontró un refugio posible: las catacumbas y, si hacía falta, el circo. No era una metáfora: el gobierno abrió una persecución religiosa sistemática mientras la jerarquía, entre prudencias y silencios, intentaba sobrevivir.
Desde un primer momento aparecieron testimonios clandestinos —pasquines, folletos, crónicas sin nombre— que narraban martirios, profanaciones y abusos. Décadas después, gracias a esa documentación, algunos de estos hombres y mujeres fueron reconocidos por la Iglesia como mártires….
Autor: INFOVATICANA
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