El mundo se muere de sed, pero no de argumentos. Tiene sed de santos. Por supuesto, las palabras son necesarias y, naturalmente, tienen que llegar, porque la fe también se confiesa, se explica y se propone. Pero antes de cualquier razonamiento apologético hay algo más decisivo: una presencia. Una presencia que necesariamente debe condicionar una nueva forma de estar en el mundo. Una manera de sentir, de pensar, de decidir, de mirar, escuchar, trabajar, sufrir, alegrarse y acompañar. En definitiva, una nueva forma de amar que exige, además, una nueva forma de ser y una nueva forma de rectificar cuando no se hace el bien.
Autor: José Carlos Súbtil
Milagros Eucarísticos de los últimos años
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