Hay un elefante en la habitación. En la eclesial, concretamente. Es grande, se mueve despacio y lo ocupa casi todo, pero nadie parece verlo. Los que mandan miran al techo, los que obedecen miran al suelo, y los fieles se preguntan por qué cada vez huele más raro el incienso.
Algunos creen que el elefante ocupa el 20 % de la habitación. Otros, más pesimistas, hablan del 50 %. Pero los que realmente han paseado por la sacristía, los que han visto cómo se mueve, cómo respira y qué deja a su paso, aseguran que ya llega al 80 %.
Y lo peor no es el tamaño. Lo peor es el silencio.
Todos lo ven, pero nadie dice nada
El elefante está en los seminarios, en los despachos, en las conferencias episcopales, en el Vaticano, en los sínodos y en algunas homilías, aunque en esas se disfraza de “inclusión”, “escucha” y “diversidad”.
No se le puede nombrar. No hay…
Autor: Carlos Balén
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