«Cuando las llamas alcanzaban el cuerpo del niño, sus miembros se contraían. La boca parecía sonreír, pero era solo un espasmo facial debido a los 300 grados de calor. La madre estaba presente; si se lamentaba o lloraba, perdía el dinero. Finalmente, el cuerpo contraído se deslizaba hasta el fondo del brasero de bronce. Todo acompañado de música de flautas y tambores, para que no pudieran ser oídos los gritos pidiendo ayuda».
Autor: Jorge Urbiola
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